La era de la copiaera y el aburrimiento*

*Fragmento de artículo

publicado en la revista Bacánika,

edición # 23, Septiembre de 2009.

sobre la muestra de películas de Warhol en La Fundación Gilberto Alzate Avendaño

Los personajes de Warhol son aburridos, las películas también: no espere diálogos interesantes ni graciosos. Las escenas son eternas, los planos pocas veces cambian. Pero lo bueno es que el aburrimiento produce desparpajo; distinto a lo que pasa cuando vemos algo que corresponde con la fórmula conocida del entretenimiento. Cuando se cree entender algo, se lo deja quieto, reposando, no pasa nada, pero cuando se cree no entender, se genera una ruptura.

Si usted cumple con la tarea estoica de verse todas las películas completas, puede encontrarse que ninguno de los que entra a la sala, excepto usted, se queda dentro  viendo la película. Los que sí se quedan, excepto usted, están dormidos. La gente entra con sus carteras y sastres de oficinistas, se quedan cinco minutos, o menos, y vuelven a salir. Afuera un guía repite las etiquetas: frivolidad, vouyerismo, espectáculo. Cuando uno ve a la gente entrar y salir desesperados de las salas, se pregunta si el arte necesita de paciencia. Recuerdo que un señor, filósofo él, hablaba de la eficacia política del humor, decía que las películas de Chaplin eran más eficaces transmitiendo un mensaje político que otras películas con pretensiones intelectuales en pos de la comunicación clara de un panfleto. Los videos de Warhol no tienen tales pretensiones intelectuales, pero son igual de difíciles de ver que una película intelectualizante; y además, tampoco son entretenidas como una película de Chaplin.

Es muy factible que las películas de Warhol produzcan sensaciones corporales (náuseas, vértigo, aburrimiento) relacionadas con las etiquetas que vocifera el guía de la exposición: vouyerismo, frivolidad, espectáculo; todas relacionadas con lo que alguien nombró como La Era del Vacío.

Pero lo importante no es tanto el tema de las películas de Warhol -ni siquiera su función de retrato de una época y una cultura-, sino la manera en que operan en nosotros. El arte, parecen decir estos trabajos, se sitúan entre lo cotidiano y lo bizarro, y su misión es la de permanecer allí para causarnos incomodidad. Las fisuras son las que producen conocimiento – experiencias estéticas. Grande la obra que presenta desfaces, porque así, aunque aparentemente no pase nada, se volverá a ella una y otra vez.

El aburrimiento alerta, porque en esta era la ley es divertirse; el aburrimiento nos advierte que estamos asistiendo a una experiencia diferente. Y tal vez de eso se trata, sin negar que con el arte uno también se puede divertir. El problema es creer que hay una sola forma de divertirse y estigmatizar al aburrimiento como un estado de la mente que hay que evitar. Dentro de los Souvenirs que vendían en la exposición de Warhol, había un pin que decía: “i like boring things”.

¿Pero acaso para poder quedarse mirando una cosa aburrida más de quince minutos se necesita de algún entrenamiento?, ¿Qué tanto de ingenuidad y qué tanto de preparación exige el arte para ser mirado? Estas preguntas parecen desembocar en una palabra trillada: resistencia. Cuando el imperativo es el goce, la gente va al cine a ver una comedia con la risa lista (presta, prefabricada, esperando a estallar ante el menor estímulo). Las películas de Warhol desarman ese mecanismo.

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